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IMPLICACIONES PSICOLÓGICAS EN PATOLOGÍAS CRÓNICAS

Según la perspectiva tradicional, hasta hace poco, cuando se hacía referencia a la salud de las mujeres, generalmente se aludía a la salud reproductiva. La salud mental era considerada un efecto de los avatares de su función reproductiva, o sea, de su “naturaleza femenina”.


Actualmente, sin embargo, cuando hablamos de salud mental de las mujeres, ponemos el énfasis en la búsqueda de “equilibrio” y “armonía”. Y a esta perspectiva se puede añadir también el concepto de “participación” que reconoce la necesidad de considerar a las mujeres como agentes sociales acti


vos (Burín, 1987)


A la hora del trabajo terapéutico con la mujer, esta perspectiva marca una diferencia fundamental, ya que coloca a la consultante en un rol activo y protagonista de su propio proceso.


Las corrientes que plantean la mirada integrativa en salud son bastantes nuevas y, si bien muchos profesionales estamos de acuerdo desde la teoría, en la práctica cada un@ se disputa un “pedacito” del cuerpo de las mujeres del que se considera experto@. La consecuencia inmediata es una vivencia del cuerpo de la mujer, por parte de ésta y del/a profesional, como fragmentado, anestesiado y, en muchos casos, con una profunda desconexión respecto de él.


Desde este abordaje, hablamos del “malestar psicológico” de las mujeres cuando nos referimos a todo un abanico de síntomas emocionales y psicológicos que nos dicen que hay algo, que todavía no tiene nombre, que le produce sufrimiento y que la medicina tradicional no ha podido solucionar.


Respecto al abordaje específico de las patologías crónicas, vemos que las implicaciones psicológicas están directamente relacionadas con una “queja” que no sólo tiene que ver con el dolor en alguna parte del cuerpo sino con un mensaje que dice que hay algo en la vida de la mujer que no va bien.


Ella llega a la consulta con un diagnóstico de alguna patología crónica, pero, a la vez, trae consigo un desgaste emocional que arrastra desde hace mucho tiempo y que condiciona su calidad de vida y, sobre todo, sus relaciones afectivas y proyectos personales.


La propia patología que padece trae una serie de síntomas característicos, pero, además, hay que tener en cuenta, cómo puede afectar a una persona, vivir con dolor, molestias, cansancio, desgana, limitaciones y, sobre todo, sintiendo que tiene que aguantar, seguir adelante y, si es posible, sin quejarse …mucho.


Cuando se sufre una patología crónica, con el paso del tiempo, comienza un lento proceso cuyo resultado más negativo es la identificación con la enfermedad; acompañado de una serie de “pérdidas” que van siendo asumidas, en muchos casos, con resignación. Según el testimonio de una mujer: “es lo que me toca.”


Este y otros testimonios son frecuentes en mujeres que llegan a terapia con la vivencia de una calidad de vida que se ha ido degradando progresivamente, y de actividades y espacios que en algún momento les daban placer y las hacían sentirse bien consigo mismas y han ido dejando.


Todo empieza a estar teñido del color de la “desesperanza” y en muchas de ellas, con ideas de muerte y mucho miedo. Es fundamental, entender que los pensamientos de muerte son desde la perspectiva de la búsqueda de alivio frente a un futuro que les asusta.


Otro punto a tener en cuenta y muy importante, es saber que las personas más cercanas a ellas y en la mayoría de las veces con intención de ayudarlas, minimizan su malestar o lo consideran exagerado.



En una primera etapa del proceso terapéutico hablamos, nombramos y legitimamos este sufrimiento/malestar. Progresivamente hay que ir poniéndole nombre a lo que la hace sufrir.

¿Qué significa legitimar en un proceso terapéutico? Escuchar, reconocer, visibilizar ese malestar psicológico/emocional del cual, la mujer en muchos casos no es consciente y sólo registra a través del síntoma físico.


Desde esta mirada, el malestar psicológico/emocional se puede abordar como:

- Una DENUNCIA de una forma de vida insatisfactoria, de presiones y mandatos contradictorios, de sobrecarga, de falta de valoración y autonomía, de falta de reconocimiento de las propias necesidades, de cansancio, de auto postergación.

- Una SOLICITUD de reconocimiento, de escucha, de ayuda, de cariño, que alguien se dé cuenta de que algo no anda bien, de ser cuidada.

- Una TRANSACCIÓN entre los propios deseos y las presiones y mandatos que se tienen como mujer, pareja, madre, ama de casa, etc.


En este proceso progresivo de ir poniendo nombre a lo que le ocurre se descifran los mensajes que traen tanto los síntomas físicos como los emocionales.


Se podría hablar de una segunda etapa en la terapia, que implica tomar consciencia de la relación que existe entre el cuerpo y sus síntomas, las diferentes vivencias emocionales y los pensamientos que, a su vez, se relacionan con el sistema de creencias de cada una.


Cada crisis de su enfermedad, cada vez que su dolor se agudiza, seguramente guarde cierta relación con proceso, situaciones, eventos en sus relaciones más significativas que la han hecho sentir insegura, no adecuada y que conlleva sufrimiento.


En este proceso, como si sacáramos capas a una cebolla, la mujer puede encontrar la relación de muchas de sus crisis u oscilaciones emocionales, de situaciones de estrés producidas en sus relaciones afectivas, laborales, familiares con toda una sintomatología física que se dispara e incrementa y que, durante mucho tiempo vivió con extrañeza y sin poder encontrar respuesta a lo que le ocurre.


Una tercera etapa de su proceso tiene que ver con el poder “REDISEÑAR” un proyecto de vida más en sintonía con sus deseos y necesidades y no ya centrado o subordinado al de los demás.


Para ello hay un paso muy importante que tiene que ver con aprender a vivir con su patología crónica como algo que le ocurre y no como algo que es.

Una mujer dijo: “esto es algo que me ocurre, yo no soy la enfermedad, soy mucho más que esto”.


En este momento de la terapia, muchas mujeres han logrado utilizar sus síntomas, sus crisis de dolor o su agotamiento como una SEÑAL que le indica que tiene que parar, que necesita una pausa o descanso o un deseo postergado o un enfado no expresado…

POSITIVIZAR EL SÍNTOMA, es poder darle a éste una función de aviso, de señal a la cual habrá que atender.


Todo este PODER es vivido por las mujeres como un gran logro. Venían de años de “no puedo” y se han dado cuenta que en muchos casos es “no me atrevo”. Este paso del no puedo al no me atrevo, es un cambio radical en cómo viven y gestionan su enfermedad; ellas pueden ser una parte activa en el proceso. Esto se conoce como: ACEPTACIÓN.


Nati Povedano, afirma: “…hemos vivido en nuestros corsés, hemos respondido a lo que debíamos más que a lo que deseábamos, pero claro, siempre queda una pequeña huella de rebeldía…buscando vías alternativas, caminos que son difíciles y dolorosos y muchas veces, solitarios pero ineludibles.”


Por último, para las mujeres que consultan, como para las profesionales que caminamos junto a ellas en este proceso de autoconocimiento y sanación: Seamos “rebeldes” y “atrevidas”, ya que los síntomas son mensajeros y el desafío consiste en animarse a descifrar cuál es el mensaje para cada una.


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